UN RELATO MINERO

SUERTE, NOS VEMOS ARRIBA

Él lo había resumido en una frase “es la letanía de nunca acabar”, sencilla frase, como todo él. Me había hecho prometerle tres cosas cuando intuyó próxima su muerte: que no le enterrara (ya había pasado bastante tiempo bajo tierra); que cada año, el día de santa Bárbara, siguiese  acercándome hasta el desmantelado pueblo y dejase unas flores, (rosas a poder ser), en el Monumento a los Mineros; y que cuidase de Pichi, (pero el perro se había muerto, sin que se lo hubiésemos dicho, mucho tiempo antes que él).

Así que cumplí la primera promesa. Técnicamente no pude cumplir la última, pero cada cuatro de diciembre, como hoy, recorro los 365 kilómetros, que me separan del pueblo donde nací, para llevar las rosas y depositarlas a los pies de esa estatua en la que un picador y un guaje arañan las entrañas de una mina.

Recorro las autovías que, desde la modernidad, me adentren en mi pretérito imperfecto. Hace tiempo que el pueblo ya es sólo pasado. Sin embargo hubo una época en la que la sensación que teníamos era la de ser un reloj que adelantaba, que continua y obstinadamente iba por delante de su tiempo. Hasta que, casi sin darnos cuenta, se rompió la armonía y todo se quebró como frágiles y resecos tallos de arbusto.

Desde lejos aprecio las encinas que resisten ancladas en las cornisas de las montañas. Recuerdo que cuando las rachas de viento las atravesaban emitían un murmullo casi musical, parecían las cuerdas de un arpa activadas por dedos expertos. Bajo el puente el agua brava discurre autoritaria con todos los colores del otoño. Pienso que esa bravura quizás sea lo único expeditivo que le queda al pueblo.

Llueve, y unos tímidos truenos me recuerdan las atronadoras andanadas dinamiteras que, en mi infancia, daban la señal de partida a la fiesta más importante, más entrañable y más jaranera que almanaque alguno podía soportar. Pero los truenos callan y  todo queda invadido por un exquisito y extraño silencio. Es como si todos los muertos que se llevó la mina se pusiesen a conversar en ese idioma sin palabras tan suyo.

La ilusión de la luz del otoño rodea las esquinas de las casas difuminándolas, y en un extraño caso de fantasía ocular, los viejos balcones simulan levitar. Una selva hostil y cargada de reproches se ha adueñado de los abandonados jardines.

Las casas, hundidas en su propia desesperación, me recuerdan el destartalado estado de los barcos en la mañana después de una noche de batalla. Por cada una de esas casas ha pasado el asedio del olvido. El paso del tiempo se llevó lo que de vida hubo en cada una de ellas. Pero yo aún recuerdo cómo era cómo reía cada niño, cómo se cantaba en cada fiesta y cómo se lloraba a cada muerto.

Por la calle, asaltada impunemente por los guijarros, abundan los charcos que reflejan y multiplican la desolación. Ni un alma camina por ellas, sólo las añoranzas de lo que un día fuimos, llenan el hueco. No quiero pensar en  promesas incumplidas envueltas en camisas de seda. No quiero pensar en baúles  de sueños rotos. Fue demasiado tarde cuando quisimos apreciar que todo era inútil, estéril, como estériles son los esfuerzos del esqueje que quiere florecer en el árbol muerto. Durante un tiempo lloramos ante la desilusión, pero

nunca supimos como desahogarnos ante la ingratitud. Las minas agonizaron irremediablemente con sus entrañas aún repletas de carbón

En la plaza, el húmedo musgo y la callada hierba agrietan los adoquines. Las farolas, ya eternamente apagadas, permanecen alineadas y tiesas, como si de una guardia de honor de lanceros bengalíes se tratase. Y en el centro, ajena a las debilidades de los mortales,  la estatua del minero permanece como todas las efigies en días desangelados; solitaria bajo la intemperie.

No quiero llorar y lloro. Vuelven a caer furiosas gotas de lluvia que, afortunadamente, tienen la prodigiosa virtud de disimular las lágrimas. Pienso en mi padre, y me gustaría decirle unas palabras, a él y a todos los hombres que un día, tal como hoy, celebraban que eran mineros…y sólo se me ocurre lo que tantas veces les oí a ellos: “suerte, nos vemos arriba”…y arriba no era en el cielo. Arriba era en la calle donde jugábamos nosotros, sus hijos, y esperaban ellas, nuestras madres, las impagables mujeres de los mineros.

Dedicado a todos los mineros,

a los que se llevó la mina

y a los que nos dio otra oportunidad

Zana

4 comentarios para “UN RELATO MINERO”

  • Un minero indignado:

    MUY BUENO ZANA,
    ¿Cuanto tardará en pasar eso por estos lugares ?.
    Aunque ahora que van a gobernar los que tanto defienden el carbón, eso será solo eso, un cuento o tal vez quede en meramente una anécdota y veamos volver a ver resplandecer o” ennegrecer” nuestros cuencas. JAJAJAJA, la risa es por no llorar.
    Los mineros ahora mas que nunca nos veremos obligados a salir a las carreteras a defender nuestra manera de vivir, pues ya sabes que las eléctricas y las nucleares serán las únicas beneficiadas del gobierno del PP, y pronto nuevamente la amenaza de la Sama-Velilla sera una realidad palpable.
    Nos vemos arriba.

  • Luis Nistal:

    La lucha sera dura pero no conseguiran doblegarnos. Hay muchos, aunque no seamos mineros que peleremos por las comarcas mineras y por todas las personas, no faltaran flores a Santa Barbara ni voces pidiendo justicia

  • Alberto:

    Magnífico relato, Zana, en un día que es para ello…con finísima glosa y riquísima prosa…
    Aunque cuando el contenido del relato es el que es, el hecho de que yo simplemente ensalce tu extraordinaria estética literaria me parece una frívola irreverencia por mi parte…
    El fondo y la forma de tu homenaje son atronadores, como la propia Santa Bárbara, y espero, como todos vosotros, que las negras cuencas no sean sólo ya las de nuestros propios ojos, secos de perder lágrimas…y exangües de añorar…
    Un abrazo.

  • Maripaz:

    Emocionante relato de un corazón minero. De corazón a corazón- soy hija de minero- te envio un saludo afectuoso

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