OTRO QUE LES LLAMA PPOE

“Lo peor que le puede pasar a un hombre es el paro”. Tiene 56 años, ha trabajado como yesero desde que era un crío, es de los pocos que ha dado mil veces la cara contra los capataces y los pistoleros de la construcción. “Sólo pido un trabajo” repite con   impotencia Joaquín. “A mi hijo le enseñé el oficio y ahora, para qué lo quiere… Para metérselo en los huevos”. Le tiembla la lágrima en los balcones del dolor. Hombres de hierro, forjados en tantas batallas, soñando como niños.

Fuera, la pelota rueda. En las casas, de puertas adentro, las angustias sumergidas del trabajo o de la hipoteca se truecan en bronca, en rencor ciego, en soledad. En las calles, mientras tanto, flamean banderas de victoria. Derrota en las casas y júbilo en las calles; la pelota rueda, la rabia duerme la siesta. “Las sociedades modernas niegan a los hombres y a las mujeres la experiencia de la solidaridad, experiencia que el fútbol proporciona hasta el extremo del delirio colectivo” (Eagleton). Las barriadas obreras y las plazas se pueblan de rumores, brazos, bocas… No, no teman los dueños, ya hace tiempo que se esfumó el pueblo insurrecto que cantase Neruda. La callada sílaba que aquí va ardiendo es goool, la bandera escondida que aquí se besa es la rojigualda, la secreta primavera que aquí nace es el triunfo en el mundial de fútbol.

Al fondo, tras el tremolar de banderas, el plan de ajuste más duro de las tres últimas décadas. “Ésta es una reforma laboral para 20 años”, insiste Zapatero que carnerea tan primorosamente como borreguea. Pero en este caso no es nada enigmática la afirmación solemne; sí, tienen un ambicioso plan de cirugía antisocial y, de consumarse, la clase obrera tardará mucho tiempo en levantar la cabeza. La Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional, Ángela Merkel y Obama, los 7 grandes bancos y los 100 economistas, las fortunas de siempre y los nuevos ricos, el inmenso PPOE y los nacionalistas “con visión de estado”, los emporios mediáticos y las castas universitarias… todas las familias del poder se han conjurado para dar el golpe de timón. El despido arbitrario, barato y subvencionado, el desguace de los convenios, el retraso de la  jubilación a los 67 años, el recorte de los salarios públicos y privados, la congelación de las pensiones, la expansión del tráfico laboral para las ETT, la bancarización de las cajas de ahorro, la privatización de Correos, el cobro por consulta médica… el plan en su conjunto es aterrador.

Es el nuevo gran asalto del capitalismo tras la ofensiva de los años 90. El poder económico levanta nuevas murallas. No se trata sólo de aumentar la tasa de beneficios; ahora se trata, sobre todo, de reforzar y ampliar la dominación de clase, de recrear las condiciones de la acumulación originaria de capital, que se asienta en la producción incesante de miedo e indefensión obrera. La alternativa a la crisis del capitalismo es más capitalismo.

Por si cabía alguna duda sobre la determinación del poder, Felipe González viene a disipárnosla.   “Cuando las cosas van mal, militancia pura y dura”, arengaba a los suyos en un acto interno, después del anuncio del decretazo y ante la inminente convocatoria de la huelga general. El autor de la  soflama no es precisamente un austero tipógrafo leal a las clases trabajadoras, sino el asesor de Carlos Slim, el gran protagonista del thatcherismo a la española, el muñidor de las reconversiones industriales, de los pelotazos para la beautiful people, de los contratos basura y las ETT. Habla de militancia, en una muestra más del contrabando ideológico tan al uso, pero su significado real es cristalino: firmeza, mano dura, aguantemos el pulso sindical, yo soporté cuatro huelgas generales y continué arrasando en las elecciones -y fijaos donde está sentado hoy Antonio Gutiérrez-, las clases medias están ya de este lado en el conflicto…

Y, sin embargo reina la calma, la más completa abulia, el “para qué nos vamos a mover si no va a servir de nada”. ¿Cómo se explica que, con miles de desahucios y camino de los cinco millones de parados, se vayan de rositas los botines, las koplowitzs, los florentinos, los zaplanas y bonos, los amos y los perros de los amos? ¿Cómo es posible que no le estallen las costuras a este sistema, irracional e injusto hasta el escándalo? ¿Dónde arraiga la conformidad, la mansedumbre suicida, dónde se asienta nuestra impotencia?

Incautos, anunciamos: “tiempo de crisis, tiempo de lucha”. Y comprobamos con amargura que este tiempo de crisis era tiempo sin lucha. ¿Qué ha pasado, qué nos ha pasado? “Padezco del bazo/al ver todos los días/pasar los mismos lobos y rebaños”, se dolió  Celso Emilio Ferreiro. Tras dos años inciertos, los lobos son más lobos aún y los rebaños mascan las briznas del miedo mientras marchan obedientes al matadero en nombre del consumo.

El 8 de junio, los sindicatos convocaron un paro general en la función pública. Parecía que podía empezar un camino distinto. La huelga siempre estremece a los caciques. No acaban de fiarse; su instinto les habla de motines del pan, de gente gritando en las calles las verdades elementales de la injusticia, de hombres y mujeres decididos a la brega. Pero luego se percatan de la ambigüedad calculada de los convocantes, de las cartas marcadas, del cierre de filas en los medios de comunicación amigos… Se relajan; saben que la huelga será pobrísima, escasa de asistencia y de coraje. Y saben además que tienen carnaza de sobra para rellenar el esquelético guión de los inseguros: juegos de capataces-psoe o pp-, vientos de europa… A pesar de todo, toman las últimas precauciones;   el jefe de personal llama a los empleados dudosos: “El derecho de huelga asiste a todo trabajador y es sagrado. Pero sabéis que no hay servicios mínimos fijados y apelamos a vuestro sentido de la responsabilidad. El equipo directivo agradecería mucho que al menos se garantizase la actividad básica del centro. Es algo que tendremos muy en cuenta”. El más inepto de los jefecillos se ha aprendido ya la gramática tramposa del lenguaje políticamente correcto, los regates combinados de la amenaza y la recompensa.

“Yo no me puedo permitir el lujo de que me descuenten 100 euros”, dice el remilgado funcionario para justificar su inhibición en la huelga. Peseterismo, resignación y crítica a los sindicatos constituyen los tres pilares del argumentario esquirol. Y el pasteleo sindical huele mucho, sí, pero no tanto como para ocultar otra mierda igualmente olorosa y dolorosa: el egoísmo malsano de los burócratas, el cálculo repugnante de los trepadores.

Ahí estamos. La incertidumbre envuelve la huelga general del 29 de septiembre. Una mezcla de incredulidad y de capitulación anticipada se ha instalado en amplios sectores de la población trabajadora. “El desbocamiento del capital produce la estructura de la espera hasta su máxima exasperación bajo la forma de total impotencia”1. Los de arriba trajinan dogales futuros, los de abajo esperan.

Esperamos que termine la crisis como si de un fenómeno de la naturaleza se tratara y nos aferramos a los talismanes que Falsimedia va cocinando para nosotros: Obama, la locomotora china o alemana, el recambio de gobierno, la subida de los impuestos “a los ricos”… Los atajos mágicos sedan así nuestra ansiedad escamoteando la certeza que intuimos: “La cuestión de importancia decisiva es si la fuerza productiva máxima del orden de producción capitalista, o sea, el proletariado, va a vivir la crisis como mero objeto o como sujeto decisorio”2. Mero objeto o sujetos decisorios, esa es la cuestión. Será en las luchas sociales y políticas- o en su ausencia- dónde se dirima la salida a la crisis.

PUBLICADO EN kAOSENLARED

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