La ética y las deudas

 

Pero la realidad es muy distinta: el propio aparato del Estado les permite apropiarse de nuestros bienes, sacarlos a pública subasta y, si el dinero obtenido por esta vía no alcanza sus expectativas, seguir exigiéndonos la parte restante de la deuda. Nuestra incapacidad de afrontar nuestras deudas se convierte, para ellos, en un NEGOCIO.

 

 

Escrito por José  Carlos Martínez García.

 

Muchas veces en la vida adquirimos deudas. Incluyo, por supuesto, las deudas financieras pero también otras mucho más importantes. Por ejemplo, cuando tenemos hijos asumimos una deuda de por vida. A medida que nuestros padres, aceptando su deuda con nosotros, iban atendiéndonos, ocupándose de nuestras necesidades y sacrificándose para darnos el mejor futuro posible, nosotros adquiríamos una deuda con ellos. Los buenos amigos, que se desviven unos por otros, establecen con ello deudas recíprocas. Son deudas éticas y bienvenidas. Las deudas económicas, aunque no tan éticas —porque se devuelven pagando unos intereses que, de acuerdo con la norma, deben proporcionar beneficios ampliamente ventajosos para el prestamista— también son bienvenidas, porque nos permiten conseguir aquello que de otro modo estaría fuera de nuestro alcance inmediato.

Y como suele decirse, las deudas se pagan. Porque aún cuando se trata de deudas éticas que asumimos gustosos, acaban costándonos dinero. Admitimos los gastos de ropa, calzado, educación, viajes, ocio, etc, de nuestros hijos como parte de la maternidad/paternidad y no como la devolución de una deuda, pero lo es. Del mismo modo, cuando nuestros mayores envejecen y comienzan a necesitar nuestra ayuda, sentimos que ha llegado el momento de devolver la deuda contraída con ellos. Y sí, nos suele costar tiempo y dinero. Igualmente, entre amigos no reparamos en gastos porque así es la amistad. Y qué decir de las deudas económicas: por supuesto que hay que pagarlas. Nos lo exige el prestamista y la sociedad. Hemos firmado un contrato de devolución y hay que cumplirlo.

Pero ¿qué ocurre si, por alguna razón, nuestras previsiones de ingresos no se cumplen y no podemos hacer frente a nuestras deudas? Nadie desea estas situaciones, pero es un hecho que se producen —que les pregunten a cientos de miles de familias, griegas, portuguesas, irlandesas, españolas, italianas, …, y un larguísimo etcétera de países fuera de la Unión Europea—. La única opción que nos queda, llegados a este punto, es dejar de pagar aquello que debemos. Duele, pero hay que tomar decisiones que van a tener consecuencias desagradables. Tristemente, tenemos noticias de suicidios desencadenados por el miedo a estas decisiones.

Cuando comunicamos la situación a nuestros acreedores éticos —hijos, padres y amigos— todo es comprensión. Nuestros hijos nos dicen que podrán sobrevivir con la ropa y calzado que tienen, que ajustarán sus gastos, que dejarán sus estudios y buscarán trabajo, si tienen edad suficiente para ello, con el fin de colaborar económicamente y sacar adelante a la familia. Nuestros padres y madres, directamente ponen sus pensiones —si las tienen— a nuestra disposición: se ocupan de dar de comer a nuestra prole, nos ayudan a pagar la hipoteca y, dentro de sus posibilidades, hacen todo lo posible para conseguir sacarnos del “agujero”. Algo parecido ocurre con los buenos amigos: si tienen posibilidades económicas, nos ofrecen préstamos —sin interés— de esos de “ya me lo devolverás cuando puedas”. Y a veces, después añaden “y si no puedes … para eso está el dinero, ¡coño!”. Así es el mundo ético: a cambio de reconocer nuestra incapacidad de afrontar nuestras deudas recibimos SOLIDARIDAD.

Nuestros acreedores económicos —bancos y prestamistas en general— ni siquiera nos ofrecen la oportunidad de explicarles cómo ha empeorado nuestra situación y qué planes tenemos para salir de ella. Nos encontramos ante la frialdad del análisis de riesgos de la entidad: no pueden concedernos más crédito porque no hay garantías de que vayamos a devolverlo. Si decidimos empeñar nuestros bienes, nos ofrecen por ellos cantidades muy por debajo de su valor real. Nuestra desgracia puede llegar a convertirse, para ellos, en una oportunidad de negocio.

Cuando alcanzamos esta situación, no hay dudas: ante la disyuntiva, optamos por seguir afrontando las deudas éticas —desviviéndonos por nuestros allegados, dentro de nuestras nuevas posibilidades— y por dejar de pagar las deudas económicas. Sabemos que las consecuencias van a ser desastrosas y daríamos cualquier cosa por cambiar esta decisión, pero dejamos de pagar la hipoteca o el crédito del coche. Si los prestamistas tuviesen ética actuarían como nuestros amigos y familiares. Nos dirían “No te preocupes. Es una mala época que pasará. Vamos a congelar tu deuda por un tiempo y, cuando cambien tus circunstancias, ya hablamos”. Pero la realidad es muy distinta: el propio aparato del Estado les permite apropiarse de nuestros bienes, sacarlos a pública subasta y, si el dinero obtenido por esta vía no alcanza sus expectativas, seguir exigiéndonos la parte restante de la deuda. Nuestra incapacidad de afrontar nuestras deudas se convierte, para ellos, en un NEGOCIO.

Todos hemos llegado a admitir como un hecho incontrovertible que en el mundo de los negocios no hay amigos y, por tanto, no hay piedad. Pero uno no puede dejar de preguntarse si los bancos, con una actitud más ética, habrían llegado a esta situación tan crítica de falta de liquidez que les aqueja en la actualidad. Si hubiesen sido más comprensivos con sus clientes en dificultades, ¿no habrían acabado consiguiendo el dinero que se les adeudaba? Ahora se ven con una cantidad enorme de viviendas vacías que nadie quiere o puede comprar. Y van a tener que vendérselas muy por debajo de su valoración inicial al famoso “banco malo”. ¿No podían haber hecho la misma rebaja en la deuda de sus “clientes buenos”?

Cambiemos de plano: ahora somos el gobierno de un estado soberano. En los últimos años hemos ido adquiriendo deudas: unas éticas con nuestros conciudadanos y otras económicas con los inversores del mercado financiero. Queriendo aparentar ante nuestros vecinos que estábamos al mismo nivel económico que ellos, hemos abusado de las deudas “económicas” y, como consecuencia de la crisis financiera, la mala gestión y las medidas económicas a las que nos han “obligado” nuestros socios comunitarios —que ahora tanto ellos como nosotros juzgamos como equivocadas—, el paro ha aumentado en nuestro país, las empresas no salen adelante, y nuestras expectativas de ingresos, incluso subiendo los impuestos, no alcanzan para afrontar nuestras obligaciones. Existen dos opciones: dejar de pagar las deudas éticas con nuestros conciudadanos o dejar de pagar lo que debemos a los inversores financieros.

Si no afrontamos nuestras deudas éticas condenamos a un gran número de ciudadanos a la miseria más absoluta, empeorará gravemente la atención sanitaria, se degradará la educación, las infraestructuras se deteriorarán hasta límites peligrosos, el paro seguirá avanzando y las expectativas comerciales de las empresas del país serán aún más negativas. Si dejamos de pagar la deuda financiera, cierto número de inversores internacionales —algunos los llaman especuladores— verán ligeramente reducidos sus desproporcionados beneficios, algunos pequeños inversores perderán una parte de sus ahorros, esos que, como no les hacían falta para vivir, decidieron llevar al mercado financiero. ¿Cuál es la decisión ética? ¿Cuál es la decisión que han tomado nuestros últimos gobiernos? Obviamente las respuestas no coinciden.

Autor José Carlos Martínez García

 

Un comentario para “La ética y las deudas”

  • teodoro:

    Caminamos a pasos ajigantados hacia la exterminación de las clases medias, se pretende que solo tengan acceso a la educación superior los hijos de los ricos, al igual que a una sanidad de calidad. Volvemos al tanto tienes tanto vales, y la situación se hará insostenible si no se pone remedio, algo que no está en el propósito de este gobierno.

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