LA CALLE ES NUESTRA, EL INFIERNO ES TUYO

Recordar el nombre del asesino es una manera de honrar al asesinado

Su nombre es Manuel Fraga Iribarne y la muerte le encontró en la cama sin muestras de arrepentimiento. Viejo, sí, pero no por ello menos cruel, menos culpable, menos infame. Se ha muerto sin que el peso de la ley, su ley, le haya caído encima, pero lo que no podrá evitar es que su nombre esté escrito, ya definitivamente, al lado del de su mentor Francisco Franco. Escrito en el infierno que la historia guarda para los asesinos. Escrito con la sangre, limpia y perenne, de quienes por amar la libertad murieron asesinados por sus secuaces.

Francisco Aznar Clemente, Romualdo Barroso Chaparro, Santiago José Castillo, Pedro Martínez Ocio, Bienvenido Pereda, quizás a muchos nada o poco nos digan estos nombres. Son cinco trabajadores que un día, el 3 de marzo de 1976, fueron asesinados por la policía que actuaba bajo las órdenes de Fraga, por aquél entonces ministro de la Gobernación (Interior).

Otros muertos hay, Ruano, Grimau o Puig Antich por ejemplo, que también deben el sufrimiento, con el que les hicieron morir, al ministro fascista Fraga Iribarne, que ayer, 15 de enero de 2012, murió en su cama. Sólo espero que carcomido por la conciencia, perseguido por la memoria.

En sus panegíricos, escritos al dictado del dinero, figurara en letras mayúsculas, preeminentes, superlativas el gran amor que a España tenía. Lo escribirán sin preguntarse cómo se puede amar a España y a la vez mandar matar a parte de sus hijos.

No habrá reconciliación mientras los asesinos mueran plácidamente en sus lechos y los entierren en mausoleos, agasajados, condecorados, ensalzados. No amaremos a esta piel de toro llamada España mientras los restos de los asesinados, perdidos y olvidados, no sean entregados a sus deudos. Les debemos mucho, les debemos todo ¿Cómo quieren que amemos a la patria que les relega, la que deja impunes sus ajusticiamientos por ser crímenes de Estado?

Yo no amo a España, a esta España, y creo que nunca podré amarla. Desde siempre me he sentido arrinconado, como un extranjero. Diferente.

Yo no me siento reflejado en ese indigno personaje, que me llama compatriota, que cínicamente hoy, hoy precisamente, prefiere olvidar. Yo no tengo nada en común con
la inmensa mayoría, esa mayoría que los domingos van a misa a confesar las atrocidades que hacen de lunes a sábado, ni con esa mayoría que prefiere morir sin defenderse, que ha vendido, regalado, el futuro de sus hijos, que ama las “caenas”, que vitorea a los corruptos, que da mayorías a los ladrones herederos de los asesinos.

Yo no quiero ser de una patria que glorifica al tirano, al  ministro fascista Manuel Fraga, que ha llevado los zapatos sucios de la sangre y el barro vertidos en Montejurra en 1976. No quiero ser de su misma patria, no hay sitio para los dos. No, no hay sitio para el asesino y para “Abel, yo, tú, él”(*).

 

Tienen los medios para entronizarle, para escribir, reescribir, su biografía, pero no podrán ocultar la verdad siempre. Por mucho que sus gaviotas negras y asesinas hoy vuelen libre y mayoritariamente, el futuro, nuestro futuro no les pertenece.

“La calle es mía” dijo, pero se la arrebatamos.

No puedo amar a la España que quiere vivir en la oscuridad.  Así no hay patria que nazca, que resista, que se desarrolle.

No nos engañemos esto es España, la que hoy ensalza al asesino, al represor, al individuo que mandaba cortar el pelo al cero a las mujeres de los mineros porque sus maridos, ¡bravo por los mineros!, estaban otra vez en huelga, reclamando Libertad, luchando contra el tirano, sembrando esta España de democracia.

No, yo no amo a esta España. Lo siento.

Zana

(*) de la poesía Me llamarán, de Blas de Otero

Un comentario para “LA CALLE ES NUESTRA, EL INFIERNO ES TUYO”

  • roblana:

    Muchos somos los que no amamos a esta España nuestra del olvido, esta España desmemoriada, porque no se entiende si no, que esas gaviotas vuelvan a volar por nuestro cielo, enhorabuena Zana por tan magnífico artículo, me ha encantado y leyéndolo casi pareciese que estaba pensando en voz alta

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