Cuando la mayoria se equivoca.

Votar mal

Se supone que lo que hay que decir en democracia es que los votantes siempre tienen razón. Incluso hemos acuñado algunas frases que inciden en esa idea y que parecen incuestionables, del tipo de “el pueblo es sabio”, “la gente sabe muy bien lo que vota” o “la mayoría nunca se equivoca”. Supongo que es una manera de avalar filosóficamente los resultados de las urnas y de exigir respeto a los cargos electos. Aunque, desde luego, a estas alturas de la película está claro que no todos los cargos electos se merecen ese respeto por el mero hecho de serlo.

No se lo merecen quienes utilizan la confianza de los votantes para robar y enriquecerse. Quienes malversan el dinero público. Quienes mienten descaradamente y dicen A para luego hacer Z. Quienes venden los intereses y el bienestar de los ciudadanos. O quienes simplemente los desprecian. Quienes afirman cosas inaceptables en una sociedad que se precie (como esas tan repugnantes del alcalde de Valladolid). Quienes, de una u otra manera, hacen daño a la ciudadanía.

Sin embargo, ahí siguen muchos de esos mangantes, mandato tras mandato, elegidos una y otra vez como si fueran los mejores gestores. Hay gente (masas acríticas, casi siempre cercanas a los partidos de derechas: los de izquierdas somos en principio más exigentes) que regala su voto alegremente a un buen puñado de impresentables. Siento decirlo, pero a veces los votantes también se equivocan, aunque debamos aceptar sus decisiones para preservar el juego. ¿O acaso no fue la mayoría del pueblo alemán la que votó democráticamente al Partido Nazi y le dio el poder para ejecutar a la democracia?

Ángeles Caso.

Publicado en Público.es

Un comentario para “Cuando la mayoria se equivoca.”

  • zana:

    Hola personas,
    Una historia sobre votaciones populares.
    En Atenas había una institución llamada “ostracismo”. El ostracismo era una fiesta popular. Era algo así como las elecciones de hoy en día, en la que se trataba de decidir el destino de una figura destacada.
    A las personas se les daba un pedazo de arcilla con forma de ostra, de ahí lo de ostracismo, y debían escribir el nombre del dirigente que debía abandonar la ciudad.
    En el 482 AC Arístides está en el Ágora, en medio de la multitud. De pronto, un sujeto parado a su lado – un analfabeto total – le alcanza su “ostra” y le pide que escriba en ella el nombre de… ¡Arístides!
    – ¿Conoces a Arístides? – le pregunta el ex-Arconte al ignorante.
    – No. – es la respuesta un tanto sorprendente pero obvia, dadas las circunstancias.
    – ¿Te ha hecho algún daño? – pregunta nuevamente Arístides.
    – No – confiesa el otro con ingenuidad bovina y agrega: – Pero estoy harto de escuchar por ahí que lo llamen “El Justo”, “El Perfecto”.
    Y a Arístides lo mandaron al ostracismo por votación popular.
    ¿Su delito? ser honrado, casi como ahora que Camps va a renovar mayoría absoluta.

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