CIEN AÑOS DE IMPUNIDAD

Muchos años después, frente al pelotón… (G. García Márquez)

1igualesSer “Pares”. Que todos seamos iguales. Iguales en derechos e iguales en obligaciones. He ahí el principal anhelo, la más grata conquista que se espera adquirir al pactar vivir en Democracia.

Ser “Pares”, tal cual recoge la esencia de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Tener y disfrutar de los mismos derechos y libertades, sin distinción alguna de raza, opinión política, color, sexo, religión, etc.

Que todos seamos iguales ante la ley, que la presunción de inocencia no venga precedida, o lastrada, por la filiación antroponímica, es decir, por el apellido, del sujeto. Ni tampoco, o mucho menos, por su afiliación política. Que quien la haga, la pague. O sea, que se reconozca el derecho de las víctimas, sea cual sea la Clase a la que pertenezca, a ver reparada la violación de sus derechos. Y ahora que esto escribo viene a mi mente el repugnante “derecho de pernada”, que tanto gustaba a los señoritos de la derecha y que tan bien asumían sus educadas y adecuadas esposas y madres.

He leído en una pancarta, muda ante los sordos oídos de aquél a quien iba dirigida:“Justicia, tan solo queremos justicia”.  Reclamamos justicia porque la necesitamos, como necesitamos el aire, para no ahogarnos.

No es mucho pedir una justicia equitativa.

Para conseguir esta equidad, como virtud de la justicia en cada caso en concreto, redactamos leyes. Y para interpretarlas y aplicarlas nos dotamos de tribunales de los que esperamos, a los que exigimos, imparcialidad. Que juzguen sin influencias ni prejuicios, atendiendo únicamente a criterios objetivos.1la-justicia2

Pero todo lo escrito arriba no es nuevo. Puede que lo tuviéramos, por falta de uso, algo olvidado. Quienes no lo olvidaron han sido “ellos”. “Ellos” los que tienen incrustado en el ADN el derecho a la impunidad. “Ellos”, los que siempre han tenido a mano un sable, un relicario y una toga, que les guarde las espaldas, les absuelva los pecados y les legalice los delitos.

La derecha, que como los delincuentes, siempre va un paso por delante, supo entender que bajo el paraguas de la impunidad descarada crecen los motines. Supo entender que no ofenden tanto los fondos como pueden hacerlo las formas. Y como lo entendió, como visualizó el problema que les impedía seguir, lampedusianamente, con todo igual después de haberlo cambiado todo, decidió que la única manera de garantizar su “derecho natural” a ser tratados distintamente, era adueñarse de las altas estructuras del Estado.

Gobierne quien gobierne, en el desacuerdo, quien decide, en última instancia, es un juez, (aquí también tiene su espacio el fiscal), máxime si tenemos en cuenta que cada vez son más las normas y leyes que regulan, o maniatan, nuestras vidas. Y si toda controversia ha de terminar siendo desentramada en esa última y más Alta Instancia, qué mejor que tener en él a un “amigo del alma”, o a alguien a quien uno ha colocado, más allá de sus méritos o deméritos, en ese Tribunal. Siendo así las posibilidades de sentencia favorable son, indudablemente, casi totales.

Todos hemos pasado recientemente por el bochorno de oír a sus señorías del Tribunal Constitucional que no les parece relevante que su presidente sea afiliado al PP, ni tampoco que lo ocultase a la Comisión del Senado que examinó su idoneidad para ser miembro del mencionado Tribunal . En realidad si algo no se les puede llamar, a los magistrados del Constitucional, es cínicos. Ellos y ellas han sido elevados a ese cargo por designación táctil. Ha sido el dedo de un político, bueno, tres de cada cinco, quien les ha puesto el blasón más importante que un jurista puede tener en su currículum, el de pertenecer al Tribunal Constitucional. Si quieren mi opinión, yo no les creo imparciales. Lo1Fusilamiento 2 Mayo dijo Alfonso Guerra, también a ellos, allá por los ochenta: el que se mueve no sale en la foto.

En esta España del “coge lo que puedas, guarda lo que cojas”, heredera impasible y orgullosa del Lazarillo, necesitamos, más que el beber, que quien la ha hecho la pague. Necesitamos dejar de justificar, de minimizar, a los ladrones “porque son de los míos”. Es urgente que se acabe la impunidad, porque si no esta España seguirá siendo, como dijo Blas de Otero, “a veces madre y siempre madrastra”. Sí es necesario que los tribunales acaben con la impunidad cuanto antes ,  urgentemente. Antes de que, como país, y como le dijo Gabriel Celaya a Blas de Otero: “nos estemos muriendo por los cuatro costados, y también por el quinto de un Dios que no entendemos”.

Alguien ha de acabar con la locura de estos “Cien años de impunidad” porque sino todos vamos a acabar, aquí y no en Macondo, y más pronto que tarde, ante un pelotón tremebundo e indiscriminado de fusilamiento.

Zana

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un comentario para “CIEN AÑOS DE IMPUNIDAD”

  • No soy yo quien, querido Zana, para corregir a los poetas, pero si aquí nos estamos muriendo es porque nos están matando por los cuatro costados, ya sea por un euro o por cuatro por medicamento o por dejarnos sin trabajo o sin hogar. Por destruir nuestras redes más básicas de convivencia solidaria y por expropiarnos de cualquier cosa que pueda ofrecer consuelo. Nos van a robar incluso, si nos dejamos, la mortaja de la dignidad.

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