BASTA CON NO MENTIR

LO REALMENTE PREOCUPANTE ES QUE LA MENTIRA ACABE CREYÉNDOSE A SÍ MISMA VERDADERA

Luis García Montero.

Parece que los tiempos de crisis exigen grandes recetas, soluciones claras y tajantes para los problemas de la sociedad. El orgullo político, económico e intelectual nos invita a pensar que en algún sitio hay un libro con el resultado de los jeroglíficos. Dispuestos a representar un saber completo, se nos olvida la sinceridad de reconocer el estado precario de nuestro pensamiento. Provoca pudor el dogmatismo científico con el que los mismos expertos y las mismas instituciones económicas que fueron incapaces de diagnosticar la crisis imponen ahora medidas incontestables para salir de ella. Causa tristeza ver a los políticos, que deberían tener como primera responsabilidad de su oficio la defensa de la política, participar de manera suicida y vanidosa en la ceremonia de su liquidación.

¿No sería mejor admitir la propia ignorancia? En medio de tanta estrategia de sabidurías huecas y coartadas frágiles, valoro cada día más la sinceridad como apuesta intelectual. Si no se tienen recetas, basta con no mentir. No se trata sólo de un refugio ético, sino un modo de enfrentarse públicamente a la verdadera dimensión de los problemas. Más que previsiones de corte, recorte y pega, que negocian con la realidad ingobernable para adaptarla a nuestras querencias, prefiero mirar el páramo, asumir el frío, decir lo que veo sin engañarme.

Saul Bellow es uno de los escritores que mejor han contado la emoción ética de la sinceridad. Nacido en un familia judía de origen ruso, soldado en la Segunda Guerra Mundial y habitante de un Chicago vertiginoso, Bellow se acostumbró a meditar en las incertidumbres y las tensiones del ciudadano contemporáneo. Sus personajes miraron el mundo y dudaron con él. Albert Corde, protagonista de El diciembre del decano, comprobó con angustia que podían establecerse comparaciones muy serias entre la corrupción de la dictadura estalinista de Rumanía y los códigos sociales de injusticia que condenaban a muchos hombres y mujeres de un Chicago roto a la muerte civil. Decano de la Facultad de Periodismo, casado con una científica nacida en Bucarest, asiste a la agonía de su suegra en un mundo de represión oscuro y triste. Pero en esos mismos días se ve envuelto por el escándalo que provocan unos artículos suyos sobre Chicago. La elite universitaria y social prefiere no mirar lo que ocurre a su alrededor. El famoso periodista Dewey Spangler, compañero de versos en su juventud, se ríe de él y le critica que no haya aprendido lo que se puede decir, el modo de decirlo y lo que debe callarse. En un mundo sucio, los periodistas y los intelectuales, antes que a decir la verdad, deben aprender a sobrevivir.

El decano comprende la dimensión de su problema: “Corde se daba cuenta ahora de que uno de los problemas humanos de siempre, presente en todas las épocas de la Humanidad, era el problema de no ser tonto, un problema verdaderamente terrible”. La paradoja es que la sociedad considera tontos a los que no saben hacerse el tonto, a los que no creen en la utilidad de los silencios, el cinismo y las medias verdades. En esta atmósfera, el problema de no ser tonto se agrava con el defecto de la sinceridad. Albert Corde, como Saul Bellow, mira el mundo como un humanista, y eso es mala práctica en una realidad en la que las universidades y los periódicos están dominados por los ejecutivos y los intereses económicos e ideológicos del poder. El decano Corde se duele: “Ese es el motivo de que cuando más necesitados estamos de imaginación lo único que tenemos es efectos especiales y payasadas”. Llega incluso a escribir que quizá sólo la poesía tuviera la fuerza de rivalizar en atractivo con las drogas, la televisión y los éxtasis de la destrucción.

Yo no me atrevo a llegar a tanto, porque soy poeta y esta conclusión podría considerarse como una ingenuidad a beneficio propio. Pero sí me gustaría recordar que todos los procesos reaccionarios empiezan con un asalto a las humanidades. Me gustaría también que los intelectuales y los políticos se acercasen a las palabras con la misma sinceridad ética que los buenos poetas. Al pronunciar palabras como democracia, sociedad, dignidad, educación, periodismo, economía, Europa, política, justicia, libertad y Estado, sentirían un escalofrío en los labios y caerían en la cuenta de hasta qué punto, incluso sin pretenderlo, nos hemos acostumbrado a mentir.

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