A CIÑERA, CRISOL DE CULTURAS

SOMOS LO QUE RECORDAMOS PARA CONTAR

El primer día del resto de sus días

Cansados del hambre conocida se hicieron al camino, pensando que tal vez el hambre, en otro lugar, sería distinto. Se prometieron no mirar atrás imaginando que quizás, si no volvían la vista, el tiempo pasado dejaría de existir. El camino hacia el norte era lento y frío, y en las noches a la intemperie las llamas pálidas de la hoguera se reflejaban en los ojos, nerviosos, de todos ellos. El padre les aseguraba que allá donde iban, ni las heladas, ni la sequía, ni el sol, ni la lluvia importaban. Y a veces, cuando dejaba volar su propia imaginación, les afirmaba que allí a donde iban, se comía todos los días. No les mentía si mentir es engañar intencionadamente. Era su creencia, forjada en comentarios de otros que, como él ahora, habían desertado del arado, del hambre que emana de la tierra reseca. Ni tampoco les mentía porque los sueños, se cumplan o no, nunca son mentira.

Pasaron días y días y pasaron también las noches a esos días hilvanadas. Anduvieron caminos marcados y cuando estos desaparecieron decidieron, sencillamente, inventarlos. Un día el páramo, tras un bosque de pinos, cedió su trono a las montañas. Las nubes se agolpaban contra sus cimas y un césped verde, el verde más verde que sus ojos habían visto jamás, descendía por sus laderas.

Desde la loma divisaron el pueblo. Largo y estrecho, oscuro y sonoro. Retorcido siguiendo el diseño que marcaban los meandros del arroyo. A la derecha, sobre tensos cables, una línea de baldes bajan chirriando cargados de carbón. Un tren, humeante y sucio, espera en el apartadero, y hombres, diminutos desde allá arriba, llenan los vagones en un frenético palear.

Pensativos movieron al mismo compás la cabeza, acometiendo el examen, pero solo el padre asintió. Entonces la madre, en un instinto, buscó infructuosamente el lugar donde estaba el campo santo, como presintiendo que allí iba a morar carne de su carne. Ladera abajo arrancó a llover, lavándoles el polvo de los días de camino y de otros días de tiempo atrás. El viento secó sus cuerpos.

Llegaron al pueblo y nadie pareció darse cuenta de ello. Enseguida un folclore de acentos distintos retumbó en sus oídos. Calle adentro, en el estómago de todos nació la desazón de sentirse como buhoneros ambulantes, y cada uno, a su manera, intentó aprender el pueblo. La madre observó que las verjas no estaban raídas y pensó que quizás aquellas hermosas calles aún no tendrían hermosos nombres. El padre se fijó en las acacias plantadas al costado de las casas y reconoció que, más pronto que tarde, las raíces levantarían los suelos de las viviendas. Los niños observaron la fuente y vieron caer agua del caño, y vieron también que una marabunta de niños corrían indiferentes y ajenos a su presencia.

El padre se dirigió a las oficinas de la empresa, y al tiempo que garabateaba una especie de cruz bajo unas letras que debían poner su nombre, una mirada, como de promesa incumplida, le bailó en la pupila. La casa de tres habitaciones que les adjudicaron estaba ya ocupada, en parte, por otra familia. Con la paciencia que los desheredados tienen para compartir migajas se acomodaron en la única habitación vacía. Era tan pequeña como oscura, y tan oscura como fría. Un manantial de agua corría invisible y ruidoso bajo sus losas y la humedad subía de forma desigual por las paredes encaladas. Dos ratas salieron despavoridas al tanto de abrirse la puerta y con ellas salió también un hedor sofocante a humedad y miseria.

Las dos madres se miraron pesarosas y en lo que tarda una hoja muerta en llegar al suelo comprendieron que compartían el mismo hambre y que éste, más allá de simplezas, no conoce de fronteras. Los niños se mezclaron, tan rápidamente, que en la distancia se hicieron irreconocibles. Y los padres, apoyados contra el muro, hablaron del invierno que está escondido tras las montañas, a la espera. Y hablaron de los muertos que cada uno dejó en el cementerio del lugar de donde partieron.

Esa noche, la primera bajo techo en semanas, los niños, escuálidos pero risueños, intentaron encontrar su lugar favorito donde dormir. La madre cerró las contraventanas, pero antes miró como una llama, en lo alto de una chimenea, rojeó en la oscuridad, y sin saber por qué, sintió tranquilidad. Se tumbó al lado de la puerta y antes de apagar la vela observó a sus seis hijos dispersos por el suelo bajo las mantas. Sopló la vela y en la oscuridad sintió como la vieja y conocida punzada del hambre la visitaba el estómago. Es el mismo hambre de siempre, se dijo, y se acurrucó bajo la manta pensando en el mañana. Su marido, quizás para matar la impaciencia, se abrazó a ella buscando su escaso pero cálido pecho. Luego, el cansancio y el sueño le trasladaron al bancal del que hacía unos meses había huido. Cerró los ojos, el silbido de una sirena anunció el cambio de día y de relevo. Se durmió pensando que allí, en ese oscuro segundo, empezaba el primer día del resto de sus días.

A las ocho en punto de la mañana el hortelano bajó a la mina.

Dedicado a [email protected] los que un día abandonaron sus pueblos y llegaron aquí, a Ciñera. Ellos y ellas, todos, son, somos, Ciñera.

*Este microrelato es el que presenté en el año 2012 al concurso de microrelatos mineros “Manuel Nevado Madrid”  de la Fundación Juan Muñiz Zapico. (CC.OO)

Zana

 

Un comentario para “A CIÑERA, CRISOL DE CULTURAS”

  • Maria José:

    Agradecimientos y propuesta

    Gracias por el viaje en el tiempo que aparece en el relato, por entrar a esas vidas, que fueron las de muchos, y a sus sentires, por ponerle rostro y emociones a los anónimos que tejen la historia; gracias por cultivar la memoria y la identidad.

    Una propuesta que ojalá tenga eco: No es fácil encontrar literatura y relatos mineros en León o en otras partes del país, menos aún que los relatos estén escritos desde la mirada y sentir de los mineros… Estoy segura que a muchos nos encantaría encontrar recopilados esos relatos para seguir aprendiendo y conociendo ese mundo de las cuencas mineras; si además los relatos van acompañados de fotos mucho mejor y si alguien se animara con ilustraciones sería fantástico.

    Gracias por compartir el escrito

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